El tiroides es una glándula situada en la cara anterior del cuello que modula el metabolismo de las células de nuestro cuerpo.

Múltiples enfermedades tiroideas pueden tener repercusiones a nivel oftalmológico. Las que más frecuentemente las producen son las patologías que provocan un aumento exagerado de las funciones del tiroides (hipertiroidismos) entre las que destaca la Enfermedad de Graves-Basedow, hipertiroidismo que más a menudo se relaciona con alteraciones oculares.

La Enfermedad de Graves-Basedow aparece con más frecuencia en mujeres jóvenes. Tiene una base autoinmune (los sistemas de defensa atacan a la glándula por motivos desconocidos, en este caso con anticuerpos anómalos) y esto, tras unos complejos mecanismos, termina por producir unos niveles hormonales anormalmente altos de T3 y T4 libre. En algunos pacientes con esta enfermedad (20%) por mecanismos aun no bien determinados también se generan reacciones inflamatorias en las estructuras orbitarias (globos oculares, músculos, grasa y resto de tejidos que están contenidos en las dos cavidades óseas orbitarias) lo que se conoce como orbitopatía tiroidea.

La orbitopatía tiroidea cursa en dos fases que son relativamente independientes de la función tiroidea: una primera fase llamada “fase activa” de duración variable (seis meses a dos años) y otra segunda fase de “fibrosis o secuelas”. Se suele determinar en cual está cada paciente según los síntomas que padecen, aunque existe una prueba más objetiva (la gammagrafía con análogos de la hormona somatostatina) que se suele utilizar solo para evaluar la posibilidad de administrar en la fase activa un novedoso fármaco. Los tratamientos varían según cada fase.

Las manifestaciones de la orbitopatía son distintas según cada paciente, normalmente ya diagnosticado de la patología tiroidea, y suelen ser bilaterales (ambas órbitas) aunque asimétricas (un ojo más afectado que el otro). Lo más frecuente es la retracción de los párpados, de forma que se llega a ver “la parte blanca de los ojos” (esclera) entre el iris y los párpados, dando lugar a una expresión de sorpresa o susto (Figura 1).

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Figura 1

Además se suele asociar proptosis, que es la salida o proyección hacia adelante del globo ocular (Figura 2).

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Figura 2

En muchas ocasiones todo el cuadro sintomatológico comienza como una queratoconjuntivitis (inflamación de la córnea y la conjuntiva) que no responde a tratamientos habituales. Las queratoconjuntivitis producen ojo rojo e inflamación con molestias consistentes en picor, escozor, sensación de cuerpo extraño (como arena en los ojos), lagrimeo, sensibilidad a la luz y sensación de peso en los ojos. La orbitopatía tiroidea también puede dar lugar a presión intraocular elevada, visión doble, movimientos anómalos de los ojos, y con menos frecuencia pérdida de vista por afectación del nervio óptico.

En la primera fase suelen utilizarse como tratamiento de base los fármacos inmunosupresores (los corticoides son los más utilizados) no llegando a ser necesario ni cirugía ni radioterapia en la mayoría de los casos. En la segunda fase la cirugía es la base para aliviar los síntomas. No obstante, la utilización de medicación en gotas, como lubricantes, antiinflamatorios o hipotensores, suele ser constante en todos los pacientes, aunque una vez pasada la primera etapa de la enfermedad se suelen aliviar considerablemente las molestias. Por otra parte, si la presión intraocular no se logra controlar con fármacos puede llegar a ser necesario utilizar procedimientos quirúrgicos. A si mismo, la visión doble también suele requerir cirugía una vez se haya estabilizado durante varios meses.

Fernando Aguirre Balsalobre